lunes 4 de abril de 2011

Algo sin sentido, repetido, casi sin pensar.


Ha anochecido. El teléfono inalámbrico está sobre la cama deshecha, un sonido constante me avisa de que en breves momentos será algo inservible, un objeto cuadrado y horrible, como una caja de galletas vacía, como un mando a distancia sin pilas. En la pantalla del portátil, sobre la imagen de un tipo deambulando por un desierto, aparece una ventana avisándome del tiempo estimado de que dispongo antes de la parada cardiorrespiratoria de un corazón eléctrico, después solo será una inexplicable carga sobre mi abdomen. Las farolas proyectan, una noche más, esa luz macilenta por culpa del excesivo grosor del cristal que las recubre, una fabricación defectuosa, repetida, sin pensar mucho, sin muchas pruebas, simple fabricación en cadena. Es puntual, como siempre. Tras mi ventana, solo nos separan tres metros, una pared antigua infectada de humedad y un Passat de tres años, mi vecino regresa de trabajar, intenta aparcar y comienza, paulatinamente, a inundarse el dormitorio de un olor a carburante, el ronroneo silencioso del motor de gasolina, la marcha atrás, primera, otra vez marcha atrás, el rasposo roce de los neumáticos con el bordillo, gira la llave y apaga el motor. Cierro el portátil. Él no puede verme, yo sí. Después de unos segundos en el interior sale del coche, escucho el contacto metálico de la puerta con la pared de mi casa, no ha podido evitarlo, desaparece, imagino que se ha mojado la yema de los dedos con saliva e intenta aliviar el rasguño, vuelve a aparecer, cierra la puerta, bordea el coche sin dejar de mirarlo, regresa a la puerta del conductor y comprueba que está cerrada, vuelve a bordearlo, de nuevo, sin dejar de mirarlo, comprueba la puerta del acompañante, las traseras, todo de una manera muy organizada y metódica, la del maletero, otra vez su espalda sumiéndome en la oscuridad. Se dirige a su casa mientras camina de espaldas observando el coche. En mi calle casi no circulan coches, es una calle tranquila de un barrio muy tranquilo, mi vecino abre la puerta de la casa, yo estoy de pie junto a la ventana, no puede verme gracias a la celosía de plástico barato, se gira y juraría que le está dando las buenas noches, despidiéndose hasta la mañana siguiente, cuando vuelva a acariciar el volante, intento agudizar la vista para descubrir un leve movimiento de labios, pero mis dioptrías no me lo permiten, hago un amago para ir a la mesita de noche y coger las gafas, pero me quedo de pie mirando cómo desaparece en el interior y cierra la puerta. No ocurre nada en unos minutos, pero sé que está detrás de la puerta esperando, sé que tiene una silla, o quizás, una garita de guardia, con la puerta baja de madera carcomida, donde espera el momento justo para actuar. No puede consentir que su coche no duerma bajo su ventana, bajo su atenta supervisión a través de la pequeña ranura que deja la persiana, y así lo vigila, señalado por las farolas de luz mustia, encendidas hasta las diez de la mañana, mientras entra poco a poco en un sueño placentero. Lo he visto muchas veces, cuando el coche que está bajo su ventana se marche, da igual la hora, mi vecino bajará y estacionará familiarmente su coche bajo su ventana, es un acto repetido, algo sin sentido, casi sin pensar, pero que lo hace por pura rutina, un ritual que le ayuda a entrar y salir de su casa todos los días.

No sé cuándo, pero un día le romperé el espejo retrovisor y no olvidaré ponerme las gafas. Aunque no sé si eso sería un acto sin sentido y casi sin pensar.

3 comentarios:

María Mercromina dijo...

Claro que lo he leído...je me souviens...A ver si nos vemos pronto. Un abrazo

Daniel Perea Serrano dijo...

tendremos que vernos antes... est3 jueves al menos, para ver a Neuman en la facultad, no? para entonces espero k me traigas al menos una que vea el resultado del juicio XD

Salvador Blanco Luque dijo...

Claro, mañana nos vemos, espero llevarte un regalito.¿Neuman qué harás?
A las 12.

Me acuerdo que todavía me tienes que dejar "Sais", nos vemos pronto.

Un abrazo a los dos.