La
Perla, novela o novela corta o cuento, eso poco importa, de John
Steinbeck, norteamericano perteneciente, junto a Faulkner, Hemingway, Dos Passos…
a la generación perdida, es una lección magistral de la utilización de estos
dos aspectos tan difícil de controlar y utilizar en literatura.
A continuación copio un fragmento del primer capítulo, el
comienzo de la obra, donde subrayo las palabras que Steinbeck utiliza para
crear la atmósfera de la familia, una
atmósfera cálida y humilde; si
entendemos por atmósfera la representación artística del estado de ánimo del
narrador, al concluir la novela comprendes que la luz, el sol y la calidez del
fuego del hogar eran el reflejo de lo que podemos llamar: felicidad; una felicidad
concreta, la de Kino, Juana y Coyotito. También adviertes que la aparición del
escorpión, símbolo de lo diabólico y lo trágico, comienza a crear la atmósfera de “la caída” de
la familia. Los inexplicables avatares
que se les presentan, afortunados o no, sin saberlo, como ocurre con el
hallazgo de la gran perla del mundo, en principio solución de todos los
problemas y activación de sueños futuros, convertirá las vidas de los
protagonistas en un infierno. Crítica social de una sociedad avariciosa,
estratificada e injusta.
El relato comienza con nuestro protagonista, Kino,
despertándose un día cualquiera. Pero no es casual que la primera frase sea:
“Kino se despertó casi a oscuras”. Será la herramienta principal que utilizará
el autor para crear la atmósfera familiar, lo que en la narración llamará
“Canción familiar”. “Casi a oscuras” muestra la presencia de una débil
luminosidad, por lo tanto no todo es noche, y si la unimos con la siguiente
frase: “Las estrellas lucían aún y el día solamente había tenido un lienzo de
luz en la parte baja del cielo, al este.” Intensifica la misma imagen de
oscuridad guiada por un frágil pero
visible resplandor, en este caso el de las estrellas. Es el primer encuentro
entre la oscuridad y la luz, entre la noche y el día, y esta constante
utilización de la dualidad la desarrollará magistralmente Steinbeck para tratar
los trágicos avatares que vivirán los protagonistas después de haber encontrado
la perla en el fondo del mar. Una lucha tan humana y antigua como El Bien y El
mal; La Causalidad y La Casualidad. La luz y la música como guías. Por eso
estas dos primeras páginas reflejan la magistral técnica narrativa de Steinbeck:
la atmósfera y el símbolo.
Destaco un fragmento en cursiva, símbolo de lo que será
el discurrir del relato y participación significativa del narrador. Una pequeña
hormiga que desea salirse del camino marcado por las hormigas-león. Un Dios
caprichoso y cruel.
Pero sigamos con el breve estudio del comienzo de La
Perla. Una vez que Kino se despierta, comienzan a aparecer animales en el texto:
gallos, cerdos, pajarillos, hormigas, perros, palomas; innumerables animales
que convivirán y realizarán paralelamente casi las mismas acciones que la
familia de Kino: comer, resguardarse del frío, cantar, sobrevivir…. “una
bandada de pajarillos temblaban estremeciendo las alas”, y solo dos frases
después: Juana se cubre con el chal azul
la cara hasta la nariz. Lo humano y lo animal es otra constante en la
narración, ¿Cuáles actos son humanos y cuáles animales? ¿Dónde está la
frontera? El desarrollo de la trama responderá a estas preguntas… Kino como
animal perseguido, sobreviviendo como animal perseguido, luchando como un animal
perseguido.
El final es el posicionamiento del narrador ante la manera “normal” y “lógica” de encontrar la felicidad. ¿Cómo no puede llegar a ser feliz y cumplir todos sus sueños Kino si ha encontrado la perla más valiosa del mundo?
El final es el posicionamiento del narrador ante la manera “normal” y “lógica” de encontrar la felicidad. ¿Cómo no puede llegar a ser feliz y cumplir todos sus sueños Kino si ha encontrado la perla más valiosa del mundo?
Les recomiendo su lectura, magnífico texto.
I
Kino se despertó casi a oscuras. Las estrellas
lucían aún y el día solamente había tendido un lienzo de luz en la parte baja del cielo,
al este. Los gallos llevaban un rato
cantando y los madrugadores cerdos ya
empezaban su incesante búsqueda entre los leños y matojos para ver si algo
comestible les había pasado hasta entonces inadvertido. Fuera de la casa
edificada con haces de ramas, en el plantío de tunas, una bandada de pajarillos temblaban
estremeciendo las alas. Los ojos de Kino se abrieron, mirando primero al
rectángulo de luz de la
puerta, y luego a la cuna portátil donde
dormía Coyotito. Por último volvió su cabeza hacia Juana,
su mujer, que yacía a su lado en el jergón, cubriéndose con el chal azul la
cara hasta la nariz, el pecho y parte de la espalda. Los ojos de Juana
también estaban abiertos. Kino no recordaba haberlos visto nunca cerrados al
despertar. Las
estrellas se reflejaban muy pequeñas en aquellos ojos oscuros.
Estaba mirándolo como lo miraba siempre al despertarse. Kino escuchaba el suave romper de las olas mañaneras sobre la
playa. Era muy agradable, y cerró, los ojos para escuchar su música. Tal vez sólo él hacía esto o puede que toda su gente lo
hiciera. Su pueblo había tenido grandes hacedores de canciones capaces
de convertir en canto cuanto veían, pensaban, hacían u oían. Esto era mucho
tiempo atrás. Las canciones perduraban; Kino las conocía, pero sabía que no habían seguido
otras nuevas. Esto no quiere decir que no hubiese canciones personales. En la
cabeza de Kino había una melodía' clara y suave, y si hubiese podido hablar de
ella, la habría llamado la Canción Familiar.
Su manta le cubría hasta la
nariz para protegerlo del aire desagradablemente húmedo. Sus ojos se
movieron al oír un rumor a su lado. Era Juana levantándose casi sin ruido.
Descalza se acercó a la cuna de Coyotito, se inclinó sobre él y pronunció una palabra de cariño.
Coyotito miró un momento hacia arriba, cerró los ojos y volvió a dormirse.
Juana fue hacia el fogón, extrajo un tizón y lo aireó para reavivarlo
mientras dejaba caer sobre él algunas astillas.
Kino se había levantado envuelto en su manta. Deslizó los
pies en sus sandalias y salió a ver la aurora. Al traspasar la puerta se
inclinó para rodear mejor sus piernas con el borde de la manta. Veía las nubes
sobre el Golfo como hogueras en el firmamento. Una cabra se acercó a él
resoplando y -mirándolo con sus ojos
fríos y ambarinos. A su espalda el fuego de
Juana llameaba lanzando flechas de luz
entre las rendijas de la pared de ramaje y haciendo de la puerta un cuadro de luz oscilante. Una polilla lo atravesó en busca del fuego. La Canción
Familiar sonaba ahora detrás de Kino, y su ritmo
era el de la muela de piedra que Juana movía para triturar el grano de las
tortas matinales.
El alba llegaba rápida ya, un destello, un relámpago
y luego una explosión ígnea al surgir el sol del fondo del Golfo.
Kino miró al suelo para librar sus ojos del resplandor. Oía el batir de
la masa de las tortas y su aroma sobre la batea del horno. En el suelo las hormigas se
apresuraban, divididas en dos castas: grandes y relucientes, pequeñas y
parduscas, mucho más veloces. Kino las observó con la indiferencia de un dios
mientras una de las pequeñas trataba frenéticamente de, escapar a la trampa de
arena que una hormiga-león había preparado para ella. Un perro flaco y tímido se aproximó y a una suave
llamada de Kino se acurrucó, colocó el extremo de la cola sobre sus patas y
apoyó delicadamente su hocico sobre una estaca hundida en el suelo. Era negro,
con manchas amarillentas donde debiera tener las cejas. Aquella era una mañana
como otras y sin embargo perfecta entre
todas. Oyó el leve crujir de las cuerdas al sacar Juana a Coyotito de su cuna,
lavarlo y envolverlo en su chal de modo que quedara muy cerca de su seno. Kino
podía ver todo esto sin mirarlo. Juana cantaba en voz baja una vieja canción que sólo
tenía tres notas y, no obstante, interminable variedad de pausas. Esto también
formaba parte de la Canción Familiar, como todo. A veces llegaba a
ser un acorde doloroso que ponía nudos en la garganta, musitando: «esto es
certeza, esto es calor, esto lo es TODO».
Al otro lado de la empalizada había otras casas de ramas,
de las que también salía humo y los rumores previos al desayuno, pero aquellas
eran otras canciones, los cerdos otros cerdos, las esposas unas distintas de
Juana. Kino era joven y fuerte y su cabello- negro caía sobro su morena frente.
Sus ojos eran cálidos y fieros y su bigote exiguo y áspero. Libró su
nariz de la manta, porque el aire oscuro y venenoso había huido y la luz
dorada del sol caía sobre la casa. Junto a la cerca dos gallos se encaraban con las
alas combadas y las plumas del cuello erizadas. Su lucha era torpe; no eran gallos de pelea. Kino los miró un momento y luego
sus ojos se alzaron hacia una bandada de palomas
silvestres que se dirigían hacia las montañas, al interior, recogiendo luz sobre sus cuerpos blancos. El mundo ya estaba despierto, y
Kino se incorporó y entró en su choza. Cuando atravesó la puerta, Juana estaba
en pie, algo apartada del centelleante fogón. Devolvió a Coyotito
a su cuna y empezó a peinarse la negra
cabellera hasta formar dos trenzas a cuyos extremos ató dos cintas verdes. Kino se agachó junto al hogar,
extrajo una tortilla caliente, la mojó en salsa y se la comió. Luego bebió un
poco de pulque y dio por terminado su desayuno, el único que había conocido
exceptuando los días de fiesta y un increíble banquete de pastelillos que había
estado a punto de matarlo. Cuando Kino hubo acabado, Juana regresó al fuego
y desayunó. En una ocasión habían hablado, pero no hay necesidad de palabras cuando se
actúa por hábito. Kino suspiraba satisfecho, y ésta era suficiente
conversación. El sol caldeaba la cabaña, atravesando sus paredes
discontinuas. Uno de los delgados rayos cayó sobre la cuna de Coyotito y
las cuerdas que la sostenían. Fue un instante en que dirigieron sus miradas a
la cuna, y entonces ambos se quedaron rígidos. Por la cuerda que sostenía el
lecho infantil en la pared un escorpión
descendía lentamente. Su venenosa cola estaba extendida tras él pero podía
encogerla en un segundo. La respiración de Kino se hizo silbante y tuvo que
abrir la boca para impedirlo. Su expresión había perdido el aire de sorpresa y
su cuerpo ya no estaba rígido. A su cerebro acudía una nueva canción, la Canción del
Mal, la música del enemigo, una melodía salvaje, secreta, peligrosa, bajo la
cual la Canción Familiar parecía llorar y lamentarse.

2 comentarios:
Me encantó, me lo regaló mi padre hace años. Besos
Buen gusto el de tu padre, magnífico regalo.
um abraço
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